Capítulo ocho:
El fin de semana transcurrió
tranquilo, aunque muy deprimente. Lo primero que hice el sábado fue ir a práctica
de hockey, lo cual sirvió para despejarme por un par de horas. Al retornar a mi
hogar el remordimiento volvió, por lo que decidí darme un largo baño de
inversión con burbujas, lo cual normalmente servía para aclarar mi mente. Al
terminar me encaminé hacia mi cuarto, ya que me disponía a leer un poco. Sin
embargo no lograba concentrarme, los recuerdos de la noche anterior me invadían
cada vez que intentaba fundirme en la lectura. Me dirigí hacia la cocina para
buscar algo de comer, ya que no había ingerido nada y mi cuerpo comenzaba a
pedir por alimento. Revolví las alacenas pero nada me convencía, por lo que
termine almorzando un simple sándwich de queso. Sobre la mesada había una nota
que decía:
“Amor:
Grego, papá y yo nos fuimos a pasar la tarde
en el club. No quisimos despertarte por eso no te llevamos con nosotros. Si
necesitas algo llama a mi cel.
Te quiero, mamá”
En parte leer la
nota fue un alivio, ya que si mis padres no se encontraban no tenía necesidad
de fingir que todo estaba perfecto.
Al terminar mi
almuerzo me encamine hacia el living, tal vez ver una película me tranquilizaba
un poco. Estaba por sentarme en el sillón, cuando un objeto atrapó mi vista: el
piano. Fui directo hacia él y comencé a tocar. La melodía fluía libremente con cada
movimiento de mis dedos, las notas inundaban el espacio y todo a mí alrededor
parecía desvanecerse. La música me transportaba a otro mundo, a mi mundo. Comencé
a pensar que este no era el fin, que Facundo no significaba toda mi vida y que,
tarde o temprano, otro llegaría para remplazarlo. En ese momento pude divisar
un rostro a la distancia en mi imaginación. No era alguien que conocía, sin
embargo me inspiraba confianza y paz, que era lo que más necesitaba. Sus grandes
ojos verdes me envolvían, y su enmarañado cabello castaño parecía un laberinto,
que estaba dispuesta a cruzar. En el momento en que comenzaba a verlo con más
claridad salí involuntariamente de mi trance, ya que el teléfono comenzó a
sonar. Miré la hora, ¡las siete! Había pasado toda la tarde tocando y ni siquiera
me había dado cuenta. Para cuando fui a atender el teléfono ya era tarde, había
dejado de sonar.
Fui hacia mi
cuarto y encendí mi computadora para ponerme al día con lo que estaba pasando fuera
de mi mundo. Para mi sorpresa tenía dos inboxes. Uno era de Esme, preguntándome
como me había ido ayer. Le respondí que se lo contaría en el colegio, ya que
prefería decírselo todo en persona. El segundo era de Facundo, pidiéndome,
mejor dicho rogándome que lo perdonara, que no había sido su intención todo lo
que había pasado y que juraba jamás volver a despreciar o descuidar la cosa mas
bella que le había pasado en la vida.
De nuevo se me
formó un nudo en la garganta y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
No tuve la valentía de responderle y apagué la computadora. Tomé mi celular,
solo para asegurarme de lo que ya sabía.
Tenía miles de llamadas perdidas y
mensajes nuevos, todos de él. Lo arrojé sobre la cama con rabia y yo me senté
en el suelo, abrazando mis piernas, sin poder parar de llorar.
Sabía que no
podía perdonarlo, que tenía que olvidarlo y seguir adelante, pero simplemente
no podía. No me resignaba a dejar atrás todas las alegrías que había pasado con
él, todos los momentos que habíamos compartido, todo lo que él había
significado para mí.
Me sentía sola, incomprendida,
usada y malquerida.
Me tumbé en la
cama y continué llorando hasta que los ojos se me secaran y finalmente me
quedara dormida.
Aunque parezca difícil
creerlo, mis sueños no se basaron en Facundo, sino en el chico que imaginé mientras
tocaba el piano…
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