sábado, 21 de julio de 2012


Capítulo diez:


Después de interminables horas de viaje llegamos a la capital.

-¡Al fin! ¿Un poco más lejos no podías estar Buenos Aires, no? ¡Qué agotador, por Dios!

-Bueno Pau, no seas exagerada, por lo menos ya llegamos, y tenemos una semana para hacer casi lo que se nos de la gana.

-Pero si vamos a estar todo el día con los profesores que no nos dejan hacer nada.

-A la mañana, la tarde la tenemos libre.

-¡IIIIIIIUJUUUUUUUUUUUUU!- gritó Paula a todo pulmón.

-Señorita Vinte-Carletti, se puede saber ¿qué le pasa?- pregunto uno de los miembros del cuerpo docente

-Nada profesora, nada, es la emoción.- Argumentó Paula

-Si pusiera tanto entusiasmo en lo estudios sería la mejor de la clase.- dijo el profesor, retirándose.

-Jajajajaj, ¿aprendió señorita Vinte-Carletti?- dije, burlándome de Pau.

-Ja ja, muy graciosa, mejor ayudame con esta valija que pesa el doble que yo.

Entre risas y bromas nos encaminamos a la habitación del hotel. Lo cierto es que era muy bonita. Era bastante amplia y cómoda. Las camas estaban impecablemente hechas y todo relucía.

-Wow, que lujo. Nada que ver con las cabañas a las que nos llevaron el año pasado.- dijo Ju.

-Esperemos que esta vez halla agua caliente, porque si no estamos en serios problemas.- dijo Esme, alarmada.

-Quedate tranquila Esme, este lugar es precioso y seguro tiene todas las comodidades.

Nos acomodamos y cada una eligió en que cama dormiría. Por suerte me toco frente a la ventana, lo que me recordaba a mi habitación en San Martín de los Andes, y me hacía sentir más en casa.

Luego de tomar un baño y relajarnos después del largo viaje llegó una de las profesoras a anunciar el cronograma del día.

-Chicas, como ya es tarde para hacer la excursión que nos proponíamos pueden quedarse aquí en el hotel y disfrutar de la pileta, el sauna y el gimnasio o si lo prefieren ir al centro comercial que esta en frente.- dijo

-Genial, gracias por avisar- dijo Ju

-Espero que disfruten su primer día- dijo la profesora, y luego se marchó.

-Levante la mano la que se queda en el hotel- dijo Carli

Todas levantaron la mano, excepto yo.

-¿Te vas a ir So?- pregunto Esme

-Tengo que comprar algunas cosas que me encargó mi hermano, y prefiero hacerlo lo antes posible así me saco un peso de encima, además será rápido, lo prometo.

-Como quieras, yo por mi parte voy a ponerme el traje de baño.- dijo Pau

-Cuidado Paulita, que con esa figura vas a matar a alguien de un infarto.- dijo Esme

-Jajaja, no seas tonta Esmeralda.

-Bueno chicas, las dejo, no me extrañen.

Dicho esto partí hacia el dichoso centro comercial, y me dispuse a hacer las cosas lo mas ágilmente posible. Sin embargo mis expectativas fueron refutadas cuando entré al establecimiento. Era extremadamente grande, enorme.

Pasé por varios locales, pero en ninguno encontré lo que estaba buscando. Recorrí el  primero, el segundo y hasta el tercer piso, cuando por fin llegué a una casa de electrónica y pregunté por lo que Gregorio me había pedido. Afortunadamente pudieron ayudarme, y pasados diez minutos ya estaba fuera de la tienda.

Bajé hasta la planta baja y me encamine hacia la salida, pero al acercarme me di cuenta que no era el lugar por el que había entrado. Estaba completamente desorientada y no sabía hacia donde ir.  Comencé a caminar sin rumbo, sin siquiera mirar, cuando sentí que chocaba contra alguien.

-Lo lamento, soy una torpe, discúlpeme.

Cuando alcé la vista no podía dar crédito a mis ojos. Parado frente a mí se encontraba el chico con el que había soñado todas las noches desde mi incidente con Facundo, aquel que yo creía que era mi ángel, el que me había enviado Dios para protegerme. Y es que, ciertamente, su figura era angelical, no tenía comparación con nada de lo que antes había visto. Sus ojos eran de un verde esmeralda difícil de describir, con un brillo y una luminosidad que eran capaces de encandecer. Sus labios esbozaban una sonrisa inigualable, y sus dientes parecían perlas marinas. Sus brazos eran tonificados, al igual que su torso, como su ajustada playera dejaba ver. Sin olvidar su cabello, que era lo que lo distinguía, una maraña de rulos castaños que parecían peinados al azar, pero que sin embargo estaban en sintonía perfecta con todo su ser. Simplemente no había sobre la faz de la tierra criatura más hermosa que la que se encontraba allí, mirándome.

-No te preocupes, estoy bien, además, es un placer chocar contra una chica tan hermosa.- dijo en inglés, con un claro acento británico.

No pude hacer más que sonrojarme. Sin dudas él pensaba que yo no compartía su idioma, pero se equivocaba, ya que estudio inglés desde que tengo uso de razón y puedo hablarlo fluidamente.

-Gracias, no se encuentran extranjeros elogiándote todos los días.-le respondí.*

Su mirada cambio completamente, y sus ojos ardían de vergüenza. Me eché a reír, pues su expresión era muy cómica.

-Jajajaja, relájate. Mi nombre es Sofía, ¿y el tuyo?

Me miró muy extrañado, como si algo no encajara.

-¿Realmente no sabes quien soy?- respondió

-No, lo lamento. ¿Eres una celebridad o algo por el estilo?

-Emm, si, algo así. Estoy en una banda junto con unos amigos. Me llamo Harry, Harry Styles.

-Cool, ¿y estas en una gira?

-Sí, estamos promocionando nuestro nuevo CD.

-¡Genial! Eres inglés ¿no?

-Sí, ¿cómo supiste?

-Se te nota a la milla, nadie aquí viste así.

Y era cierto, se vestía increíblemente bien. Traía puestos unos pantalones negros, unas converse blancas y una playera del mismo color, y para sellar el conjunto un blazer azul con un escudo que enarbolaba una H, probablemente de Harry.

-Jaja, estoy vestido así para el concierto, ya es mas un uniforme que otra cosa.

-Ojala mi uniforme escolar fuera la mitad de bonito.

-Jajajajaja, todos los uniformes terminan siendo fastidiosos, creeme.- Miro al cielo como agradeciendo algo, y luego bajo la vista, posando sus hermosos ojos frente a los mios, con una sinceridad y una alegría tan notorias que podían percibirse hasta en el aire- Sabes, es lindo conversar con alguien sin que te salte, te golpe o cosas peores. Hablar contigo es tan, no se, natural.

-Jajaja, gracias. Por lo que dices ser famoso es más un suplicio que otra cosa.

-Tiene sus pros y sus contras. Las fanáticas son increíbles y muy cariñosas, el problema es que a veces se pasan de la raya, entiendes a lo que me refiero, ¿no?

-Si si, pero siempre puedes estar con las personas como tú, quiero decir, las celebridades.

-Jajaj, supongo, pero no es lo mismo.

-O sino puedes hablar con la torpe de Sofía que se pierde en centros comerciales y no tiene idea de como llegar a su hotel.

-Jajajajaja, lo hubieras dicho antes, nuestro representante contrato a un guía para que no tengamos problemas en la ciudad. Si quieres lo llamo.

-Me sacarías de un gran problema. Pero… ¿no deberían estar aquí tus compañeros, o las fanáticas, o alguien?

-Emm… es una historia un poco larga.

-Vamos Harry, no me vas a dejar con la intriga. Además, tengo como una hora antes de que empiecen a preocuparse por mí.

-Como quieras, la verdad yo tampoco quiero volver a donde estaba. ¿Por qué no vamos a sentarnos a aquel banco, el que esta cerca de el café y la fuente?

-Vamos.

Por momentos no me reconocía. Yo, Sofía Kontopolus, quien jamás hablaba con extraños, y usualmente les tenía pánico, prefería pasar el resto de la tarde con alguien que me era completamente desconocido a intentar encontrar el camino de regreso a donde debería estar. Es más, quería que los minutos con Harry se extendieran en el tiempo, se hicieran infinitos. Cada momento que pasaba con él, cada sonrisa que me dedicaba, cada mirada, me hacía sentir un hormigueo en el estomago. Simplemente me era imposible resistir sus encantos. Era como si cada instante con él me acercara al paraíso, y todo esto que sentía era más fuerte que yo. Estaba dispuesta a aprovechar su compañía al máximo, hasta que el inevitable momento de separarnos llegara.

Una vez acomodados comenzó su relato.

*Desde el momento en que Sofía conoce  a Harry las conversaciones están escritas en español neutro en lugar de castellano para diferenciarlas del resto, ya que estas supuestamente se dan en inglés.

Capítulo nueve:


El domingo paso melancólico y sin grandes sobresaltos. Pude disimular bien mi angustia y mis padres no notaron lo que me pasaba. Gregorio me pregunto varias veces si estaba bien, a lo que mentí diciendo que sí. Me dediqué a terminar las tareas que tenía atrasadas y a estudiar para los exámenes que tenía esa semana.
Finalmente el lunes llegó.

En la entrada del colegio estaban Paula, junto con Esme, Juana y Carla. Tome un largo respiro y me encaminé hacia ellas.

-Chicas, tengo que hablar con ustedes.

-Pero miren a quién se le ocurrió volver- dijo Paula, en tono burlón.

-Vine a pedirles perdón, nunca fue mi intención distanciarme de ustedes y estoy muy arrepentida de todo lo que paso. Lo siento, enserio.

Todas se quedaron mirándome con los ojos como platos.

-Especialmente a vos Pau, siempre tuviste razón, desde el principio, y yo me comporté como una estúpida al no escucharte. Espero que algún día me puedas perdonar.

Comenzaron a caer lágrimas por mis mejillas, sin duda estaba muy sensible en los últimos días y darme cuenta de todos los errores que había cometido me hacía sentir como una basura.

-Ya, ya, no llores amiga- dijo Pau, abrazándome- la culpa también es mía. Nunca debí tratarte como lo hice, no te lo merecías. Supongo que los celos me consumían. Estas semanas sin vos fueron… difíciles, y lo cierto es que no quiero que volvamos a separarnos.

-¿Abrazo grupal?- propuso Esme

Todas nos abrazamos y dimos vueltas en ronda, como solíamos hacer.

-Entonces, ¿todo vuelve a la normalidad no?- pregunto Ju.

-Emm, no todo.- respondí yo.

-¿Qué pasó?- pregunto Carli, alarmada.

-Facundo y yo… cortamos.

-¿QUÉ?- dijeron las tres, al unísono.

-No hacía falta que fueras tan drástica So- dijo Esme.

-Sí, si hacía. Era algo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo.

-Pero… ¿Cómo fue? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo?- pregunto Pau.

-Es una laaaaarga historia y el timbre ya esta por tocar, después del colegio les cuento.- dije, como escapando de tener que rememorar los sucesos ocurridos el viernes por la noche.

-Como quieras, lo único que deseo es que el idiota esté llorando por los pasillos por haberte perdido.- dijo Paula.

-Jajajajajaj, es demasiado orgulloso, nunca te va a dar el gusto.

-El tiempo dirá, por ahora tenemos otras cosas por las que preocuparnos.

-¿A sí? ¿Cuáles?- pregunté, desorientada.

-¡El viaje boba! ¿No empezaste a armar las valijas?

En ese momento todo encajó. Mis padres me habían autorizado un mes atrás, cuando todavía no me había peleado con las chicas. Luego de eso no hablé más del tema con ellos, y tampoco con mis amigas, ya que estábamos separadas. Tampoco lo mencionó Facundo, por lo que lo había olvidado completamente.

-¿Cuándo es?

-¡Este miércoles nena!- contestó sorprendida Carla.

-¿QUÉ? No puede ser, es pasado mañana y yo no preparé absolutamente nada.

-Quedate tranquila, tenés dos días todavía. Yo me preocuparía más en encontrar a un porteño rubio de ojos claros y olvidarte del estúpido de tu ex.- dijo Carla

-¡Carla! Mira si me lo voy a olvidar así de fácil, parece que no me conocieras. Además, no tengo pensado engancharme con alguien que vive como a mil kilómetros.

-Jajajajajajaj, bueno, solo decía.

En ese momento el timbre sonó y me dirigí junto con las chicas al salón. En el trayecto divisé a Facundo. Me miró con ojos suplicantes, y yo le respondí fulminándole con la mirada. Pude ver en su expresión que había entendido mi mensaje, y entrecerró los ojos, derrotado.

Esta vez estaba decidida, no volvería a cometer el mismo error.

sábado, 14 de julio de 2012


Capítulo ocho:

El fin de semana transcurrió tranquilo, aunque muy deprimente. Lo primero que hice el sábado fue ir a práctica de hockey, lo cual sirvió para despejarme por un par de horas. Al retornar a mi hogar el remordimiento volvió, por lo que decidí darme un largo baño de inversión con burbujas, lo cual normalmente servía para aclarar mi mente. Al terminar me encaminé hacia mi cuarto, ya que me disponía a leer un poco. Sin embargo no lograba concentrarme, los recuerdos de la noche anterior me invadían cada vez que intentaba fundirme en la lectura. Me dirigí hacia la cocina para buscar algo de comer, ya que no había ingerido nada y mi cuerpo comenzaba a pedir por alimento. Revolví las alacenas pero nada me convencía, por lo que termine almorzando un simple sándwich de queso. Sobre la mesada había una nota que decía:

“Amor:
 Grego, papá y yo nos fuimos a pasar la tarde en el club. No quisimos despertarte por eso no te llevamos con nosotros. Si necesitas algo llama a mi cel.
Te quiero, mamá”

En parte leer la nota fue un alivio, ya que si mis padres no se encontraban no tenía necesidad de fingir que todo estaba perfecto.

Al terminar mi almuerzo me encamine hacia el living, tal vez ver una película me tranquilizaba un poco. Estaba por sentarme en el sillón, cuando un objeto atrapó mi vista: el piano. Fui directo hacia él y comencé a tocar. La melodía fluía libremente con cada movimiento de mis dedos, las notas inundaban el espacio y todo a mí alrededor parecía desvanecerse. La música me transportaba a otro mundo, a mi mundo. Comencé a pensar que este no era el fin, que Facundo no significaba toda mi vida y que, tarde o temprano, otro llegaría para remplazarlo. En ese momento pude divisar un rostro a la distancia en mi imaginación. No era alguien que conocía, sin embargo me inspiraba confianza y paz, que era lo que más necesitaba. Sus grandes ojos verdes me envolvían, y su enmarañado cabello castaño parecía un laberinto, que estaba dispuesta a cruzar. En el momento en que comenzaba a verlo con más claridad salí involuntariamente de mi trance, ya que el teléfono comenzó a sonar. Miré la hora, ¡las siete! Había pasado toda la tarde tocando y ni siquiera me había dado cuenta. Para cuando fui a atender el teléfono ya era tarde, había dejado de sonar.

Fui hacia mi cuarto y encendí mi computadora para ponerme al día con lo que estaba pasando fuera de mi mundo. Para mi sorpresa tenía dos inboxes. Uno era de Esme, preguntándome como me había ido ayer. Le respondí que se lo contaría en el colegio, ya que prefería decírselo todo en persona. El segundo era de Facundo, pidiéndome, mejor dicho rogándome que lo perdonara, que no había sido su intención todo lo que había pasado y que juraba jamás volver a despreciar o descuidar la cosa mas bella que le había pasado en la vida.

De nuevo se me formó un nudo en la garganta y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. No tuve la valentía de responderle y apagué la computadora. Tomé mi celular, solo para asegurarme de lo que ya sabía. 

Tenía miles de llamadas perdidas y mensajes nuevos, todos de él. Lo arrojé sobre la cama con rabia y yo me senté en el suelo, abrazando mis piernas, sin poder parar de llorar.

Sabía que no podía perdonarlo, que tenía que olvidarlo y seguir adelante, pero simplemente no podía. No me resignaba a dejar atrás todas las alegrías que había pasado con él, todos los momentos que habíamos compartido, todo lo que él había significado para mí.

Me sentía sola, incomprendida, usada y malquerida.

Me tumbé en la cama y continué llorando hasta que los ojos se me secaran y finalmente me quedara dormida.

Aunque parezca difícil creerlo, mis sueños no se basaron en Facundo, sino en el chico que imaginé mientras tocaba el piano…

Capítulo siete:


La puerta se abrió y un chico ingresó, besándose con una chica. Los dos se disponían a desplomarse en la cama cuando vieron la escena.

Para mi alivio el chico era Gregorio, y al ver mi rostro horrorizado comprendió todo.

-¡Hijo de puta, soltá a mi hermana!- dijo, derrumbado a Facundo de una puñetada.

El estado de Facundo era deplorable, y ni siquiera pudo ponerse en pie. Yo me arreglé un poco el vestido y salté a abrazar a mi hermano, sin poder parar de llorar.

-Tranquila amor, no pasa nada, estoy acá con vos, no me voy a ir.

Quise decirle gracias, pero ni siquiera podía articular palabra. Me sentía en estado de shock, y todo lo que quería hacer era abrazarlo más y más fuerte. Pasados unos minutos el me sentó en la cama y le pidió a su acompañante que me trajera un vaso de agua. Dicho esto se acercó a Facundo, pero este seguía tendido en el suelo.

-El muy estúpido estaba tan ebrio que se quedo dormido, más le vale no despertase, porque juro que lo mato.

-Creo que esta drogado también, no sabía lo que hacía.

-¿Cómo podés defenderlo después de lo que casi te hace?

-Tenés razón, es que, todavía no puedo asimilar lo que paso. Si vos no hubieras llegado…-comenzaron a caer gruesas gotas de mis ojos.

-No pienses en eso Sofi, lo importante es que no paso nada y estas bien.

-Gracias hermanito, no sé que haría sin vos

Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió, simplemente no podía estar más agradecida con él, me había salvado de vivir un momento espantoso y le estaría en deuda para el resto de mi vida.

En ese momento llegó la chica que estaba con Gregorio con un vaso de agua. Lo tomé pausadamente y se lo devolví.

-Creo que es hora de que nos vallamos a casa.- dijo Grego

Yo asentí

-Agus, otro día seguimos con lo que estábamos, ahora me vas a tener que disculpar, tengo que llevar a Sofi a casa.

-Esta perfecto Grego, otra vez será.

Dicho esto Gregorio se le acercó y le dio un corto beso, seguido de un gracias. La chica quedo con una sonrisa tonta y yo reí para mis adentros, mi hermano si que sabía como tener a sus pies a una mujer.

Salí de la casa abrazada a Grego y por suerte nadie notó nuestra partida. Cuando llegamos a nuestro hogar él me acompaño hasta mi cuarto. Cuando llegamos al umbral de la puerta le dije:

-Grego, estoy por demás de agradecida por lo que hiciste, pero te voy a tener que pedir un último favor.

-Lo que quieras So.

-No le digas a nadie lo que pasó, y menos a mamá y papá.

-Pero…

-Por favor- dije suplicante

-Está bien- dijo de mala gana

-Y hay algo más

-¿Qué?

-No le hagas nada a Facundo

-¿QUÉ? Pero ese idiota casi hace que pierdas la inocencia, ¿y vos pretendes que lo deje pasar por la vida como si no hubiera hecho nada?

-Es que no vas a cambiar nada lastimándolo, lo que pasó, pasó y no voy a permitir que vuelva a pasar.

-¡Pero Sofía!

-Te lo ruego Gregorio, no le hagas nada.

-Tenés suerte de que te quiera tanto

-Gracias- dije, abrazándolo.

Nos despedimos y me acosté en mi lecho, aunque sabía que no podría dormir. Comenzé a pensar, pero simplemente aún no me era posible entender como todo había sucedido.

Facundo me había decepcionado, y aunque quería perdonarlo, el poco sentido común que me quedaba me decía que lo olvidara, que algo mejor llegaría. Sin embargo, siempre había pensado que él era lo mejor, mi otra mitad, lo que me completaba y descubrir que no era asi me destruía por dentro. Comencé a llorar y a pensar de qué manera tan curiosa la vida cambiaba de rumbo. Unos días antes me quitaba el sueño el viaje a Buenos Aires con él, y que pasaría allí. Al menos ese problema ya se había solucionado. También pensé en lo estúpida que había sido al discutir con mis amigas y distanciarme de ellas por su culpa, sin dudas lo primero que haría sería disculparme por no haberlas escuchado, en especial a Pau, tenía toda la razón.

El cansancio por todo lo ocurrido esa noche me venció, y al poco tiempo me quede profundamente dormida.